Viviendo en el Bronx es difícil de describir.


La primera vez, ni siquiera sabía que nos íbamos a mudar a Nueva York hasta que estábamos abordando el avión. Yo viajaba mucho cuando era niña, mayormente con mi abuela y no tenía ninguna razón para ver esta vez como más que un viaje. Algunas de mis fotos de nina fueron tomadas en aeropuertos. Hay fotos mías, yo con apenas dos años, en vestidos bonitos posando en terminales del aeropuerto. Tengo fotos que recuerdo fueron tomadas después de un viaje, de bodas en cual participe durante un viaje de fin de semana a Puerto Rico, de regalos de Navidad  que fueron abiertas en enero después de volver de  pasar las vacaciones en casa de mi abuela.


Algunos de mis mejores recuerdos y más vivos, son de mis viajes por avión. Los recuerdos más inmediatos y vívidos que se me ocurren, por supuesto, son de instances en cual me enfermé violentamente. Una vez después de haber comido nada más que un vaso grande de ponche de frutas antes de un viaje tempranito en la mañana, me enfermé en el avión y la memoria fue tan impactante que hasta el día de hoy no puedo oler ponche de frutas sin que me de náusea. También no hizo maravillas para mi relación con mi tía. Otra vez me comí media lata fria de Chef Boyardee de spaghetti con albóndigas después que la aduana Dominicana la abrió. En esos tiempos eran realmente exhaustivos sobre sus búsquedas, y me pareció un desperdicio. Así que comí la pasta congelada con mis dedos, excavando para albóndigas y limpiando mis dedos contra mi vestido nuevo antes de decidir que no valía la pena el esfuerzo.
Por un tiempo yo tenia el video de seguridad de American Airlines memorizado. Cada vez que abordaba un avión, siempre buscaba en el bolsillo del asiento al frente de mi para una bolsa para vomitar y ver si podría encontrar un par de audífonos,Y sí, me encantaba la comida de avión. Era deliciosa y diferente y venia con un postre. Sabía que los carros  que rodaran primero eran para las bebidas, y la segunda vez fue para comida.


Pero también sé lo que es pisar fuera de un aeropuerto a una multitud de gente, ansiosa por verte. Más a menudo son gente extraña, pero de vez en cuando hay un rostro en la multitud, encantada por estan oh, tan feliz por volver a verte. Sé lo que es ver el carrusel y reconocer mis maletas, a aplaudir cuando un avión aterriza sin peligro, y ver el mar y costas volando por bajo de mi ventana.


Antes de la mudanza, recuerdo haber viajado a los Estados Unidos una vez antes. Recordaba el frío crujiente y viendo un montón de arboles y un montón de casas hermosas y me gusto. No fue como el frío afilado y la congestión de Nueva York. Y todo el tiempo que vivíamos en el Bronx, yo lo absolutamente lo odiaba.


Cuando mis padres me hablaron de a Nueva York, en mi mente inmadura, no comprendi que nos estábamos moviendo indefinidamente. Como recuerdo, todos me decían que íbamos a Nueva York. Estoy segura que nadie utiliza las palabras moviendo o viviendo o nunca volverás. El tema de cambiar escuelas y aprender otro idioma no fue discutido después de la mudanza. Vi a mis padres empacar y vender los muebles, y todavía no lo puse todo junto. No fue hasta que iba a montar en el avión y mi tía me abrazo, y luego no me dejaba ir, que me di cuenta que algo estaba pasando.


Yo me hundí en una depresión inmediata en Nueva York. Los dos primeros días fueron brutales. Yo pasaba los días sentada en ese dormitorio pequeño, mirando las paredes, preguntándome por qué todo era diferente. No podía ir afuera. No podia ver el sol. Las ventanas se reflejaban contr otras ventanas, y en la noches uno los vecinos cantaba Karaoke con la misma canción. Una y otra vez.


La parte más difícil para ajustarme  era todo. Era el clima nuevo. Para ese invierno primero mis labios se secaron tanto que sangraban. Bregando con abrigos, Bregando con una nariz que moquea por la  primera vez y dejando la manga del abrigo cubrida de mocos. Los cumpleaños también eran muy diferentes aquí. Todas las celebraciones lo eran. Antes cuando había algo que celebrar la familia y los vecinos se unían en un estado de ánimo jovial. Los días de fiesta culminaban en fiestas vecindiarias, una fiesta después de otra y generalmente tu siempre conoces a alguien. Era el nuevo idioma, la nueva televisión, la nueva cama, el nuevo lugar, y la nueva estructura de familiar. No había tías y primos aquí. Sólo mamá, papá y hermana.


Tampoco ayudaba que tenía que pensar en este lugar como mi hogar. No fue hasta años después que nos establecimos en Connecticut que dejé de pensar en Puerto Rico como regresar a mi casa. Una gran parte de mí resistió a la asimilación. En mi mente, ya tenía una casa y este lugar no lo era.


En las primeras dos semanas, pasé mucho tiempo en el restaurante  en cual trabajaba mi tía.
Este lugar era la definición de un cabaret, pero no lo recuerdo así. Era un cabaret de la misma manera que los años 80 eran glam: había grietas en la chapa de madera, los muebles eran baratos y niños colgaban ahí. Era el tipo de lugar, estoy segura, que hoy estará o todavía atrapado en una cápsula del tiempo o completamente perdido en el pasado.


Ahora, yo sólo puedo formular tres recuerdos incompletos  de mi tiempo allí, pero fuI con la frecuencia suficiente que sabian mi orden favorita: arepas, un pan de harina de maíz dominicano que es mejor casera y muy difíciles de encontrar si no se estás en el vecindario o la panadería correcta.


Pero este lugar tenía una rocola con cual yo estaba obsesionada. Porque para ese tiempo yo sólo disfrutaba dos canciones, y eran tres canciones a un dólar, aprendí rápidamente que si escogia la misma canción una atras la otra, la rocola te robaba una canción. Así que desarrolle una fórmula sencilla de intercalando una canción entre la otra y alimentandole la máquina de discos un dólar a la vez para reproducir la canciónes maximas. También esto significaba que por un tiempo indefinido, la persona más pequeña en este bar tenía control total de esta máquina de discos, y estaba jugando las mismas dos canciones una y otra vez.


Estoy segura que nunca tuve mucho dinero, si eso ayuda.


La primera canción que me encantaba jugar era una de mis favoritas en el momento. Era una salsa optimista con un mensaje positivo, el tipo de canción cada artista hace después de patear un hábito de drogas desagradable y empezar de nuevo. La segunda canción una favorita de mi tía, un bolero melancólico que hasta el día de hoy sólo recuerdo la primera línea, “Vuelve al cabaret donde te encontre bailando.”


Mi madre odiaba esa canción, decía que era grosera y me regañaba por cantarla, aunque era sólo una línea. A mi me gustaba la canción y me parecía apropiada. Yo era una bailarina, después de todo, y bailaba en un cabaret, yo no veía el daño en cantar esa canción y no entendía lo que significaba. Pero sigue siendo mi madre, y pero por condicion de base, gano, yme encontré deliberadamente cantando las palabras mal lpara que pudiera “olvidar” cómo cantarla.


Yo estaba allí con la frecuencia suficiente que ellos me conocían por mi gusto a bailar. Es que me encantaba a bailar. No podias prender un estéreo antes de que yo empezaba a bailar. Era una forma de pasar el tiempo, para escapar. Una manera de sentirme especial sin pedir por atención directamente. Recuerdo cómo los padres de otras chicas alguna vez hacían comentarios de espalda-dado que su hija – mis amigas, y en mis ojos lo más lejos de rivales- que a veces no querían comer cena porque querían ser modelos como adultas. Sí, la presión para ser delgada era palpable hasta para una niña de tercer grado, pero no importaba. Yo ya había interiorizado que las modelos eran estúpidas. Para bailar se necesitaba habilidad. Algunos niños pasaban el tiempo jugando durante una fiesta, yo bailaba.


Bailé tanto en el bar de mi tía que aquel verano tuvieron un evento de dos noches, y yo estaba catalogada en los folletos promocionales. Recuerdo a mi madre con ese papel amarillo, teniendo que explicarme, después de que el choque se disipó, que mi apodo estaba escrito en la parte superior del anuncio. Andreina.


Eso, creo que fue la última gota. Es curioso que cuando miras hacia atrás, cómo que diferentes cosas son cuando consideras otras perspectivas. Ese lugar era una de las pocas conexiones que tenía con mi vida anterior. Era nostálgico aun cuando tenía apenas diez años.


Todo culminó un día cuando esa canción vino por la radio. No había visto a mi tía en meses. En el momento, ella no tenía la mejor relación con mis padres, y cuando la canción llegó en la radio y luego cuando empezó una y otra vez, cada vez cantado por un artista diferente como un homenaje a la banda original, yo solo podría mirar a mi mama por algún tipo de reacción.


Finalmente mi madre me sorprendió dándome el teléfono. “Llamala”, dijo. “Son sus cumpleaños y sabes te hace falta.” Mire a mi madre y hice lo que hago cuando me enfrento a un conjunto complejo  de emociones que yo puedo verbalizar. llore.


No sabía cómo decirle a mi mama que llamar a mi tía se sentía como una traición, que no es tanta mi tía que me hacia falta, pero ese pequeño bar con las pastillas de menta que se derriten en mi boca y la rockola que nunca fue engañada cuando lo alimentaba servilletas, no importaba cuán duro lo intenté. Y las arepas, las arepas calientes y maravillosas que estaban cremosa y espesa y dulce con la pasa ocasional.


No sabía cómo decírselo a mi mamá, así que lloré, y después de unos segundos ella hizo un sonido de exasperación y se llevó el teléfono. Y eso fue todo.


No creo que volví al cabaret otra vez.